Cómo es la piel sana


El equilibrio total de la piel es difícil, ya que siempre existirá una ligera tendencia a la grasa, una falta de humedad y de sequedad, una mezcla de grasa y sequedad, o simplemente una piel de extrema sensibilidad. Un cutis que sea fino, terso, suave, elástico, y que no padezca de trastornos de grasa o de humedad, o presente alteraciones en su grado de acidez, se puede decir que es una piel sana.

En un cutis sano su hidratación es equilibrada, y es que el perfecto equilibrio acuoso se consigue cuando las diminutas células de la piel retienen el líquido justo -agua-. Si por el contrario las capas profundas no segregan el suficiente líquido para mantener la elasticidad de la piel, el cutis adquiere un aspecto grisáceo y áspero, con predisposición a la aparición de manchas, granitos o alteraciones en el sebo.

Sobre la grasa, también debe estar equilibrada. La grasa que producen las glándulas sebáceas forman una película en la superficie de la piel que la frena de las agresiones externas del medio ambiente. Si las glándulas producen poco sebo o grasa, la piel se seca, mientras que si produce en exceso se “axfisia” llenándose de puntos negros y espinillas.

En una piel sana, el llamado factor pH actúa sobre ella de manera que mantiene su equilibrio químico necesario. Lo idóneo es que la piel esté siempre ligeramente ácida, y es que de esta forma los microbios y microorganismos que flotan en el medio ambiente no penetran. Así pues, un grado de acidez correcto defiende al organismo de infecciones cutáneas.

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